la categoría relato, porque también había poesía, en mi franja de cursos. Lo curioso es que no hubo segundo, aunque supuestamente sí más gente que participó, mientras que en el resto sí que había (incluso hubo un empate el la categoría superior). Puede haber sido un trapicheo a lo mejor, pero nada confirmable y dudo hallar respuesta por parte de algún profesor de lengua, que eran jueces.
En cuanto al relato, qué decir, si lo he escrito yo. Medido, pues, hombre, no es cuestión de escribir cosas sobre un tiroteo escolar en el que no salen vivos los profesores de lengua o sadomaso XD... Aunque tampoco hay que irse muy lejos para buscar ejemplos, ya que el humor tampoco siento (y casi podría asegurar) que estaría muy bien visto allí.
Pero ¿qué mejor que dejar el relato por aquí y que uno saque sus propias conclusiones (negativas inclusive)? Así será:
—Rey kuappi ha muerto —comenté—. Padre dice que algún roedor de los que deambulan por la cabaña puede ser el causante, ya que madre ha encontrado restos rojos en sus ropajes de piel. Aquellos animalejos suelen acostarse sobre ellos.
—Una lástima, Rgek. Me parecía gracioso verlo raptar por la entrada —dijo Rbun con una mueca adornando su rostro azulado—. ¿Gustas? —Partió a la mitad su bocadillo de carne putrefacta y me brindó la mitad, acabando desmenuzada por sus garras.
El día estaba tranquilo, Zhulm, el antiguo matadero que usábamos como plaza, también. Así era Rey, sereno. Bueno, lo era para tratarse de un kuappi.
—¿Quieres, Rgek? —Al ver que no respondía estiró una de mis orejas—. ¡Rgek!
—Ay, perdona. Oye, ¿no te parece extraño…?
—¿Uhmm…? —soltó Rbun con los mofletes a reventar. Parecía que sus colmillos se iban a salir disparados en cualquier momento—. ¿El qué? ¿Que no se oiga a lo lejos al señor Gtak afilar las hachas?
—También, pero no. ¿Cómo unos mamíferos tan pequeños se han podido cargar a Rey? ¿Será una mentira? ¿Con qué propósito?
—Rgek, yo creo que…
—¿Y si vamos a investigar qué ha pasado en verdad? —interrumpí.
Desde la zona de las cabañas provinieron unos cuantos alaridos. Eran nuestras madres gritándonos que era hora de que cada mochuelo se marchase a su olivo.
—A las seis en mi casa.
Pese a no verse muy convencido, acabó asiendo. Quizá no fueron horas de provecho, pues los descubrimientos fueron nulos y no hallamos ninguna respuesta. Hicieron que, a la investigación que íbamos a dedicarle unos cuantos minutos, fuésemos agregándole un “mañana seguimos”. Tanto así que eran frecuentes las miradas de mi madre “¿Este niño no tiene casa o qué?” cada vez que Rbun se marchaba.
—Oye, Rgek, creo que deberíamos dejarlo —opinó—. Solo nos falta levantar la cabaña para ver si está debajo.
—Tienes razón. Puede ser que se haya marchado y tengamos que esperar a que vuelva.
Y allí nos tienes, aguardando a un kuappi hasta que le diese la ventolera de volver. Pero, como no podría ser de otra forma, el tiempo pasó e hizo que nuestra labor olvidásemos, pues él no espera a nadie.
Un día, de buena mañana, fuimos con los resultados de nuestra última misión a la base del grupo para el que laburábamos.
—¿Hay algún nuevo trabajo, jefe? —preguntó Rbun mientras guardaba el oro que nos habían entregado como recompensa.
—Así es. Los Nórdicos se han encontrado con un extraño ser en lo bajo de unos montes cercanos, donde pensaban trasladar sus cabañas —Le pegó un sorbo a su jarra—. Parece que era un ser enorme y altamente agresivo, pues pese a ser bastantes no se atrevieron a atacar. La recompensa en jugosa, mas tenéis que ser cautos o lo suficientemente fuertes para vencer.
—Descuida, somos orcos, tenemos los genes de invictos por defecto.
Sobre nuestras monturas, cabalgamos hasta las faldas de los montes Jiyako hasta hallar una pequeña gruta. Atemorizado, me adentré en ella y, entonces, lo vi. Era mi kuappi, Rey, solo que crecido por completo, el tiempo tampoco le había perdonado a él. Sé que también me reconoció, ya que no hizo ni el amago de acometerme.
—¿A qué esperas? Venga, vamos —me alentó Rbun al ver que me quedaba inmóvil.
Aprovechando que el animal no pretendía atacar, le acuchilló las zonas vitales.
—Último golpe, te lo cedo, Rgek.
Presionado, deslicé mi hacha por su espalda y, a eso de la mitad, la hundí. Rbun se encargó de recoger las muestras para evitar que el jefe dudase de nuestras palabras.
En el camino de vuelta, casi no podía ni hablar, pues mi mente era acaparada por lo sucedido.
—Aquí tienes, jefe. El rey de los Kuappi ha fenecido —anuncié mientras entregaba un trozo de pata, muestras de pelo y mi arma, pues sentía que no podía volver a empuñarla al haber matado a uno de los míos con ella.
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